


Felipe Peña se quedó solo en su pueblo, anhelando el regreso de Rosa Serrano, quien llevaba diez años cuidando a sus nietos. Antes de su vuelta, Felipe falleció de una enfermedad. Rosa, devastada, lamentó haber priorizado a sus hijos y descuidado a su esposo. Sus dos hijos sintieron una culpa inmensa y un dolor eterno por no haber estado presentes cuando más los necesitaban.
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